UNA SINFONÍA AGRIDULCE

Fotografía: Joël Vogt disponible en Unsplash

Autor: Mario Avalos | Cuento | El Salvador

Estaba ebrio, ya todos sabían que bebía. Era muy joven para hacerlo, pero parecía no importarle a la mayoría. Tenía un gran talento para escribir, pero sentía que algo le faltaba a mis escritos, buscaba escribir a la perfección. Ahora sé que nadie ha logrado escribir ni la novela perfecta, ni el poema perfecto; obviamente, no iban a ser escritos por mí.

«¡¡¡Y CON USTEDES EL JOVEN POETA… EDIL DÁVALOS!!!», me presentó la señorita que estaba de maestra de ceremonia. Para ser muy delgado, soy de estatura aceptable, pero la muchacha que debía de ser como de mi edad o tal vez solo un par de años mayor que yo, era bastante alta, tal vez un par de centímetros más alta que yo y como usaba tacones, fácilmente me sacaba unos cinco centímetros. Eso no evito que al acercarme a ella, le diera un beso en la mejilla, lo sorprendente fue que aceptó el beso de manera alegre.

—Solo para aclarar —dije mientas sujetaba el micrófono —, yo no soy poeta. Escribo sonetos y varios poemas, pero no me gusta el término «poeta». Cuando un poeta escribe un poema es como si cagara: cualquiera puede hacerlo y cree que lo que hace el otro apesta.

No estaba tan alejado ese término de la realidad, pues era cierto. Varias de las personas jóvenes que se consideraban poetas y que yo conocía, eran muy ególatras con su trabajo. Se molestaban si se les hacía una observación y sentían envidia si leían en alguien «inferior» un gran verso que no hubieran escrito ellos. Alguien como yo, que escribía sonetos o alejandrinos era visto como un cabrón sin imaginación.

—¡Puta, qué ronco es ese muchacho! ¡Y cómo huele a licor! —escuché al unísono a un grupito de muchachos en la audiencia.

—A propósito, sí, está es mi verdadera voz. No es fingida. No saben cuánto la detesto —. Comenté, mientras enfocaba mi mirada hacia la nada.

Leí como unos cinco poemas. Recuerdo que el último que fue un verso libre, una muchacha muy linda dijo «qué profundo y hermoso». Me bajé del escenario ignorando los aplausos, algunos que eran falsos. Había una mini barra tras el escenario para los artistas, no consideraba que estuviera tan ebrio. Tenía algo de dinero disponible, pues, al no ser de los más reconocidos, los tragos no me serían de gratis.

Había pasado poco más de media hora, yo seguía sentado en un banquito del mini bar. Comencé a escribir en una servilleta algunas frases que se me ocurrían. Pero, en realidad, hacía tiempo para que alguno de los poetas más viejos se llegara a sentar a mi lado y dijera «un whisky para mí y otro para el chico».

—¿Eres zurdo? Y, ¡vaya voz! Debes de ser un gran cantautor también.

Volteé a ver y era una muchacha de mi edad, quizá un poco mayor, cabello algo castaño muy corto y alborotado con un mechón teñido rubio, tenía un piercing en una ceja. Vestía muy rockera, parecida a mí, con camisa manga larga a cuadros y sin abrochar, Converse negros y jeans azules que le hacía resaltar.

—Solo soy un pendejo que sueña con ser escritor. Después de todo, no tengo el físico para ser un actor o futbolista. Soy una mierda cantando.

—Pues, con esa voz, podrías ser un gran actor de voz o un gran narrador.

—Es otro sueño roto —le dije sin mirarla a los ojos, pero haciendo un gesto para que nos sirvieran dos tragos de algo —. ¿Eres poetiza?

—Me gusta, pero no pudiera escribir versos como ustedes. Soy una música. Música soy, música seré.

—¿Qué tocas?

—Comencé con flauta, pero ahora solo me dedico al violín.

—Si tan solo le dieras a mi flauta un buen violín —murmuré con el alcohol haciéndome pensar en voz alta.

—¿Perdón? —dijo la muchacha soltando una carcajada jovial.

—Que si sabes tocar El trino del diablo, es porque tienes talento en el violín.

—Ja, ja, ni el mismísimo Paganini sabía tocarla bien.

Yo era un pendejo tímido cuando hablaba con mujeres, pero  me excusaba diciendo que simplemente era callado, reservado y respetuoso. Lo gracioso es que más de alguna caía con eso. La muchacha era simpática, quería conocerla más y se notaba que le atraían los hombres llenos de vida, mujeriegos y fiesteros. Menos mal, el alcohol me hacía olvidar por un momento que era un maldito depresivo.

—¿Cómo te llamas, linda? —dije mientras me tomaba el último trago servido.

—Luna, es el nombre artístico que he adoptado, ¿y tú?

—Dávalos, Edil Dávalos.

—¿Es tu nombre de escritor? —sonrió mientras bebió su trago.

—No, es mi nombre original. Bueno, uso mi apellido materno, no sé si eso cuenta —hubo un silencio y pagué la cuenta —. Iré a un bar que está cerca, ¿vienes?

—Está bien, mientras no te sobrepases. Apuesto que me quieres emborrachar para aprovecharte de mí, ¿no?

—Créeme, si quisiera sexo contigo, te llevaría sin tantas vueltas a un motel en lugar de ir hablar más tranquilos a un bar.

—¿Qué tan cerca está? ¿Tienes vehículo?

—Está a dos cuadras, aunque tuviera no sería necesario. Me dan pánico las motos y aunque sé conducir, no me gusta hacerlo.

Llegamos al bar, nos sentamos en una mesa hasta el fondo. No había mucha gente y la música era agradable. Quería una cerveza, pero dejé que ella ordenara. Pidió una ronda de un trago que era más fácil prepararlo que  pronunciarlo. Vi a Luna detenidamente, su cuerpo no era tímido en absoluto, pero su rostro había cambiado a un semblante más serio.

—¿Eres un escritor reconocido?

—No, la fama es algo que no le llega a las personas como yo.

—¿Has publicado algo? ¿Has escrito mucho?

—No, aún no. Dos que tres poemarios, una novela y, varios cuentos y artículos.

—Te escuché allá, eres bueno. Deberías enviar algo a una editorial.

—Creo que no soy la figura que las editoriales buscan. Me censurarían la mitad de mi obra. Una vez, envié mi novela a una editorial, fue rechazada por el jefe. Luego, publiqué un cuento en uno de los diarios más conocidos del país, me contactó para hablar, no respondí.

—Eres orgulloso, ¿eh? —dijo mientras jugaba con el encendedor de la mesa.

—Conozco a un buen escritor quien dijo que me ayudaría a publicar uno de mis poemarios. También lo rechacé. La mayoría de escritores publican porque son amigos de los editores o se cuelgan de la fama de un amigo escritor famoso. Yo quiero demostrarme que valgo para esto, y si no, lo intentaré hasta escribir algo decente.

—¿Te consideras un buen escritor?

—¿Te consideras una buena música?

Luna sacó su violín del estuche. En la rockola del fondo comenzó a sonar Dust in the wind de Kansas, la acompañó con su violín de forma tal, que casi se me aflojaron los mocos de la nariz. Me acabaría toda la ronda de bebidas yo solo escuchando tan gloriosa melodía. Luego, le pidió al barman que pusiera Hijo de la luna de Mecano. Ambos cantábamos el coro, yo con mi voz ronca y mala, ella tenía voz aceptable, pero lo suyo era el violín.

Seguimos bebiendo un poco más, pero en silencio. Luna no quería hablar sobre ella y yo ya no tenía nada que decir sobre mi fracasada carrera. Nada sobre si estudiaba, a qué se dedicaba, su familia, si era casada, soltera, acompañada, madre soltera, lesbiana, monja, ninfómana, extraterrestre o un demonio.

—Me agrada tu cabello —rompió el silencio —. Es raro que siendo hombre, lo tengas más largo que yo.

—Me agrada tu personalidad —dije con el alcohol saliendo en cada letra que decía —. ¿Tu novio no se enoja porque bebas con un desconocido?

—¿Novio? No, no te preocupes por eso. Como te dije, mientras no te sobrepases, está bien.

—No, no. Te lo prometo. Eres demasiado perfecta cómo para arruinarlo todo por algo así. Vamos con calma, si estás de acuerdo.

—¿Perfecta? ¿Ir con calma? ¿A qué te refieres?

—No me lo tomes a mal, pero, eres ese tipo de persona, con la que quisiera estar.

No dijo nada, solo agachó la cabeza. Pidió otra ronda algo pequeña, dijo que iba por su cuenta. Yo no me opuse. Fui al baño a orinar, di una buena orinada, si le metía más presión al chorro, estaba seguro que partiría el urinal en dos.

Salí del baño, y al dirigirme a la mesa, Luna no estaba. No estaba por ningún lado del bar. Le pregunté al barman sobre ella.

—¿Y la chica que estaba conmigo?

—Ya se fue, pagó su ronda, tomó sus cosas y se fue.

—¿No dijo a dónde o por qué?

—Dijo que se le hacía tarde y le pregunté si no le esperaría a usted.

—¿Qué dijo?

—Que usted era un fracasado y ni siquiera tenía auto como para esperarle si se le hacía tarde para volver a su casa.

Me fui a sentar a la mesa, no dejaría que la ronda de tragos se desperdiciara. Como todo fracasado sin auto, me fui caminando a mi casa, estaba como a 40 minutos a pie. Me serviría para pensar y para bajar mi ebriedad. Golpeé un auto que estaba parqueado por ahí, escuché a su dueña gritarme, la ignoré y seguí avanzando hasta mi hogar. Mientras la noche se volvía oscura y la única Luna que observé desnuda ese día, fue la que brillaba sobre mí.

Iba a medio camino, cuando pasé en frente de un club nocturno. Nunca han sido lugares de mi agrado. Sorpresivamente, aún tenía dinero suficiente en mi cartera. Era con lo que llegaría a fin de mes, pero recordé que me pagarían algo por participar en el recital. Me animé y entré. Fui al fondo de una mesa, pedí una cerveza y una servilleta en donde pudiera escribir algo.

Pasados veinte minutos, se sentó junto a mí una de las señoritas jóvenes, parecía simpática. Comenzamos a hablar. Comentó que era una de las mejores bailarinas del lugar a pesar de ser nueva, también era buena cantante. Había instrumentos en un rincón, unos mariachis estaban en el lugar bebiendo con algunas teiboleras.

—¿Sabes? Son solo 30 dólares si quieres —comentó de forma protocolaria.

—Está bien —me levanté y le pedí a uno de los mariachis su violín, estaba borracho y lo prestó sin mayor oposición —. Vamos a los cuartos.

—¡Uy, el niño salió juguetón! —dijo la muchacha al ver que llevaba el violín.

Estábamos en el cuarto iluminado con poca luz, le aumenté brillo a las lámparas. Le dije que si no habría problema que le recitara el poema que acababa de escribir, dijo que no. Luego, tomó el arco del violín y le comenzó a pasar la lengua en son de excitar. Comenzó a pasarlo por el pecho, yo le pedí el arco. En eso, ella empezaba a quitarse el vestido cuando la interrumpí.

—No es necesario que hagas eso. No tengo la menor intención de joder contigo. No me gustaría obligar a alguien a eso.

—Bueno, ya pagaste. ¿Qué se supone que yo haga?

—Toma —le di de nuevo el arco y le pasé el violín —. Toca Dust in the wind para mí.

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