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A la sombra del amate

A la sombra del amate

Por: Álvaro Darío Lara

Recientemente llegó a mis manos el poemario “El amate de la cancha” (Ediciones Soliloquio, San Salvador, El Salvador, C.A. s.f.) del poeta Edgar Alfaro Chaverri (1958), un luminoso homenaje a la fiesta de la vida. Sobre todo, a esa fiesta que arranca desde la asombrosa niñez y se prolonga a través de la inconsciente adolescencia y la primera y osada juventud. 

Este es un libro henchido de amor y gratitud por el barrio, los amigos, la familia, los juveniles noviazgos, el entorno absoluto que marcaron las iniciales vivencias del poeta, que ya lo era sin saberlo aún, sin haber escrito la primera línea.

Es un libro que salva la memoria de una calle, una colonia, esa atmósfera propia de las urbanizaciones populares que se desarrollaron hacia los años sesenta y setenta del siglo pasado, hacia el oriente de la ciudad capital.

Escuchamos la algarabía de los niños, las riñas de los jóvenes matrimonios fundando hijos, los piropos de los jovencitos a las dulces niñas que iban y venían de la tienda. Es el rescate de la embrionaria vida urbana de la ciudad que empezaba a desbordar sus límites originales. Por ello es tan importante para el poeta el nombrar, para que no perezcan en el tiempo que todo lo disuelve y borra, los nombres, motes y señales de quienes una vez fueron.

Así nos dice en este breve fragmento de su primer poema en prosa: “Sobre la Calle Roosevelt Oriente: la casa de la niña Evita, la familia Cornejo, la familia Villatoro, la casa de la señora de Chévez, la casa de Luisalo Azucena, la familia Paredes, la familia Herrera, la casa de Julio el cremero, la Papa Lico y el León Dorado; y enfrente, mi casa: la casa del Pequeco, la casa de David, la familia Astacio, la familia Lugo, la casa de Lijón”. (Poema: “Repaso de nomenclatura”).

Y envolviéndolo todo, cubriéndolo todo como un fantástico manto de poderosísima protección, el Amate: “Amate: chilamate de río te llaman unos, y chilamate, /te llaman otros; mas para nosotros siempre serás amate, / y vivirás allá, sano y salvo, en la nueva tierra prometida”. (Poema: “Correo”).

Los sitios misteriosos, prohibidos para el niño, pero a los cuales sucumbimos, presas de una terrible fascinación, huyendo de la ingrata realidad. Es la aventura de Alicia al otro lado del espejo; o la ruta dorada que lleva a Dorothy al país del Mago de Oz.

Dice el poeta: “El vasto cañaveral y su descarga de mariposas al florear; la finca, que atrás del León Dorado, se llenaba de pozas con agualluvia, y que, a la distancia, mostraba una mansión a la altura del Cine Fox; el sendero de mágicos bambúes que llegaba hasta el rastro; los juegos de Libre y Mica Oso; el cortejo romántico a merced de las rosas príncipe negro; la casa comunal que nos expropiaron en la nariz; la ruta 7 que nos dejamos arrebatar”. (Poema: “Parte del encanto que perdimos”).

Este es un libro en el que prima la poesía, en un verso libre, de tan libre que se convierte en prosa, epigramas, remembranzas; nómina de sobrenombres, pero en todo subyace esa intencionalidad, ese tono, esa motivación poética.

Un homenaje al tiempo perdido, a la vida comunitaria del ayer: “Nuestra colonia Guadalupe es la urbanización más antigua de Soyapango, pues data de 1953; su distintivo natural, un frondoso amate que existía desde mucho antes, y que, con aproximadamente 150 años de edad, cayó estrepitosamente el 31 de mayo de 2020. Gran parte de nuestra historia se fue con él; no obstante, en su honor, y en el pedestal que ocupaba gallardamente, hemos plantado un vástago de la misma especie, al que con grato y debido respeto llamamos Junior, es ley de la vida, pero, sabrá algún día el niño, ¿qué tan grande era su admirable papá? Hasta siempre, con amor”. (Poema: “Cápsula del tiempo”).

Con devoción el poeta invoca al árbol, el gran símbolo de la sabiduría, donde tierra y cielo se unen. Un portentoso ser que representa místicamente la conexión espiritual de esta Casa de las Criaturas con el Cosmos Universal. Este es el árbol de la vida, el sagrado amate nuestro, de cuya corteza los ancestros elaboraban sus fabulosos códices.

Por ello, el poeta exclama: “Árbol de las almas/ que, en nuestras almas quedas;/ húmeda hoguera verde de invicta vida/ para la historia multicolor del trino;/ nuestro canto, es pluma que alguna vez, / se columpió respetuoso entre tus ramas;/ y que hoy, por la secreta flor de tu corona, / al fin se atreve a volar”. (Poema “Árbol de las almas”).

Es la fiesta maravillosa de los primeros juegos, amigos, vecinos, locaciones y amores. Son los encuentros y desencuentros bajo el árbol venerable, el portentoso amate, que cobija, que es testigo, de las aventuras y desventuras de una parvada de niños, que, con el tiempo, se volverán hombres y mujeres, inmersos en otros mares y praderas.

Memoria y poesía de la historia cotidiana. Ambientes, hechos y objetos que para el poeta no pasaron nunca desapercibidos. Por ello es el árbol de amate, la gran figura, que sobrevive al igual que todas las historias y personajes narrados en este texto, a su propia muerte.

Una muerte que en la poesía de Edgar Alfaro Chaverri no existe. Ya que todo resurge en las aguas imperecederas de la palabra. Una palabra signada por la nostalgia, pero cargada de su particular humor de hombre libre.  Una poesía que Edgar no se cansa de trabajar con dedicación y amoroso esmero.

Gracias al poeta por esta nueva obra, que nos trae a la memoria los melódicos versos de Quino Caso (1902-1993) y la acendrada prosa de don Arturo Ambrogi (1875-1936), ambos festejadores, dentro de nuestra tradición literaria nacional, del árbol querido. Leamos, entonces, dichosos, a la sombra del amate, y sea sólo para sus merecedores, su misteriosa flor.

Edgar Alfaro Chaverri.
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