Adoradores de la belleza y la clase

Bello, con porte, fuerte, elocuente y con clase son las cualidades socialmente aceptadas para describir a un héroe nacional.  Esta imagen se ha manejado históricamente como la más atinada cuando nos referimos a un líder y libertador.

Se ha creado un arquetipo de héroe tan clasista que permite la supremacía de ciertos grupos en la sociedad salvadoreña y ha dejado en el olvido a otros que pese a sus luchas no han cumplido con los estándares exigidos.

En El Salvador se ama lo “bello”, “elegante”, “de moda” y “juvenil”, en contraste repelemos lo que consideramos “común”, “corriente”, “pasado de moda” y “viejo”. Pero ¿de dónde surgen esta percepción tan enajenada que vincula belleza y clase social con el liderazgo?

La realidad es  que un país periférico como el nuestro es fuertemente influenciado por otras culturas que potencian estándares de belleza nada compatibles con nuestra realidad, pero que los medios de comunicación masivos han permeado nuestro imaginario mental al punto de hacer nuestra esa concepción de belleza y de rechazo hacia nuestros rasgos naturales y culturales.

Además, la historia que se nos ha vendido por años oralmente y en el sistema educativo del país nos ha presentado a líderes que se acoplan a esos estándares y siempre o en su mayoría son hombres “refinados”  y  de clases sociales elevadas.

¿Por qué es más fácil recordar a Gerardo Barrios que a Feliciano Ama? O ¿Sabemos quién es José Matías Delgado pero no Anastasio Aquino? Peor aún ¿Por qué se han creado héroes ficticios y hazañas gloriosas?

La respuestas a las interrogantes anteriores es que se busca saciar esa sed de belleza y clasismo de la sociedad salvadoreña antes que liberar nuestro pensamiento de la influencia extranjera. Entonces ¿Qué se gana cuando la historia salvadoreña omite tantos datos de los individuos salidos de las entrañas del pueblo y por el contrario vitorea a los héroes de las clases altas?

Es obvio que alimentar esta imagen de líderes  utópicos, míticos y elevados ha permitido que históricamente seamos dirigidos por los mismos grupos sociales. No vemos la posibilidad de que uno de los nuestros pueda surgir y dirigir. Más lamentable, genera la necesidad de un líder individual y nos aleja de la dirección colectiva.

Este poderoso sistema ha evolucionado por años cambiando terminología pero siendo la misma realidad: la gran mayoría obedecemos a unos pocos, seguimos a esos pocos y defendemos a esos pocos que están sobre nosotros.

Se debe reconocer que dicha estructura de poder ha sido implantada en todas las sociedades y permite que los sistemas económicos y  políticos se mantengan. Nuestra sociedad no es la excepción y por ende añoramos un redentor, un líder, un individuo que salve a miles porque parece que uno puede más que todos juntos.

Lamentablemente, los grupos de poder saben de nuestra debilidad por lo “bello” y por eso nos venden individuos que se ajustan a nuestros endebles estándares que van desde peinados, vestuario, edad, escenarios y vocabulario. Y entre lo más ilógico de nuestro criterio está que buscamos un líder como nosotros, que se vista bien, que use nuestro vocabulario pero que no es uno de nosotros.

Y qué decir de las mujeres en nuestra sociedad que han sido invisivilizadas al punto de la casi  inexistencia. Y las pocas que han salido a la palestra pública son ridiculizadas por su edad y apariencia física. Pero exaltamos a mujeres “modelos” como propuestas de liderazgo y hacemos comparaciones despectivas.

Ante ese panorama las fotografías, los videos, los colores, los sonidos y las palabras se convierten en las herramientas más poderosas para ganar nuestra voluntad y hasta adoración.

¿Hasta nuestra adoración? ¿Realmente los salvadoreños adoramos la belleza y  la distinción? ¿Somos los salvadoreños capaces de adorar a un individuo? Se esperaría que no.

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