Amantes de la violencia

Por: Javier Iraheta

En un vídeo que circula en redes sociales se ve una patrulla que se detiene frente a un joven y a punta de pistola y a jalones lo introducen al auto y se lo llevan. Supongo que para evitar el esparcimiento del virus fue necesario apuntar y maltratar al individuo, porque detenerse, explicarle y llevárselo no es suficiente. 

Bueno, aquella imagen “de película” al estilo de secuestros en segundos, no me dejó de inquietar. Pero, lo que realmente me sorprendió fueron los gritos y aplausos de los vecinos. Repetí el vídeo porque no me lo creía, se escuchaba: ¡Denle! ¡Llévenselo! ¡Así se hace!… e insultos, sin faltar los vítores por tan loable acción.  

El contexto de cuarentena en el que nos encontramos actualmente es un escenario donde se refleja  toda una serie de elementos sociales y culturales de nuestra gente. Uno de esos elementos tan arraigado en nosotros es la violencia.

¿Qué tipo de sociedad aplaude el encañonamiento de un joven en plena calle? ¿Qué tipo de sociedad celebra que se violente a uno de nosotros mismos? Son preguntas que al plantearlas sabemos la respuesta: la nuestra.

Históricamente hemos sido víctimas de la violencia estructural, por siglos hemos sido víctimas de violencia al punto de naturalizarla, de hacerla nuestra, de justificarla, de amarla. Sí, somos amantes de violencia.

Nos hemos tatuado la violencia en la piel tanto que la pedimos, la suplicamos, la imploramos, la necesitamos… cual esclavos rogamos para que circule en las calles una violencia legítima que nos mantenga subyugados. 

Por un lado, no somos capaces de actuar responsablemente si no se nos impone, si no se nos coloca la bota sobre la cabeza. Y por el otro lado, damos alabanzas cuando se ejerce violencia en el hijo de otro, en el padre o madre de otro.

La violencia hoy especialmente la justificamos por el bien de los “demás”, pero ¿quiénes son esos otros por los que defendemos la violencia?  

Lo cierto, es que el verdadero terror es que la peste atreviese nuestras puertas, ataque a nuestros seres  querido y nuestra propia vida. Esa es la realidad, entonces,  preferimos que otro salga dañado y no nosotros. El egoísmo saca lo peor de nuestra sociedad, deja ver con mayor claridad lo podridos que estamos porque sólo vemos el egoísmo del otro y no el nuestro.

Sumado a eso, nuestra sociedad tan desigual hunden mucho más a otros. Entonces, si esta  desigualdad genera violencia, egoístamente  no la abalamos porque pone en riesgo nuestra propia seguridad. Y la visión elitista que se nos ha implantado nos hace creer que la máxima pobreza es tener sólo frijoles y tortillas.

Como todo violentador, también hacemos buenas obras para acallar nuestra consciencia. Damos obras de caridad mientras juzgamos a miles. El terror y el pánico nos convierten tan fácilmente en aquello que tanto criticamos, aquello que tanto mal nos ha causado. Y lamentablemente como víctimas del círculo de la violencia no queremos salir de allí, culpamos a la víctima y seguimos amparando el uso de la fuerza desmedida.  

Los niveles de violencia son tales que no toleramos ni que se piense contrario a nosotros. Cuando se nos presentan argumentos dispares a los nuestros entonces atacamos, ofendemos, amenazamos, transgredimos. Hoy  queda más que claro que somos una sociedad amante de la violencia.

La violencia es un virus mucho más potente que circula por las calles, en nuestros hogares, las iglesias, las escuelas, los hospitales, las universidades, los gobiernos, los medios de comunicación, en las redes sociales y discursos políticos.  Pero, para este virus no buscamos cura, al contrario lo esparcimos a más no poder, lo ejercemos y al estilo de Poncio Pilatos nos lavamos las manos.  Pero para este virus no es suficiente lavarse las manos. 

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