
Eduardo Melara: De lo cotidiano a lo literario
Eduardo Melara nació en San Salvador, el 31 de julio 1992. En sus palabras, «sobrevivió» a estudiar en un colegio católico y eventualmente a uno evangélico. Es graduado de la Licenciatura en Periodismo de la Universidad de El Salvador en medio de una pandemia (Covid-19). Sus textos buscan retratar la cotidianidad de lo que personalmente, y en gran parte, ha visto o escuchado en su trabajo como mensajero.
A continuación presentamos unos de sus cuentos, donde Melara escribe un relato sobre la nostalgia, para ello recurre a un teléfono como metáfora en medio de un ambiente misterioso. Así, este novel escritor ingresa en el basto campo de la literatura.
Al otro lado de la línea
Hace unos meses atrás, caminaba por la calle Arce, en la parte donde todavía hay vendedores informales, entre todo ese bullicio de lo que un día fue el Centro Histórico de San Salvador, y que ahora solo quedan fragmentos, vi a un hombre mayor con un puesto en donde ofrecía antigüedades de segunda mano a precios bajos. Me detuve a ver todo lo que tenía aquel hombre; juguetes antiguos, monedas de colón, lámparas, adornos y otros objetos pertenecientes a épocas pasadas.
Entre todas aquellas reliquias, vi un teléfono antiguo, de esos en donde para hacer una llamada tenías que introducir los dedos en el número que ibas a marcar y girabas una rosca que hacía un sonido muy peculiar. Me llamó mucho la atención, porque era de un color verde que me recordó a uno que tuvo mi abuela materna y cada vez que la veía usarlo, me quedaba fascinado cuando giraba la rosca y al recibir una llamada, recordé el estruendoso «ring» que se escuchaba por toda la casa.
A mediados de los noventa, mi abuela tuvo que cambiarlo por uno más moderno, ya que la tecnología de aquel teléfono había quedado obsoleta, aún así, ella lo guardó varios años. Cuando ella falleció debido al cáncer de mama, fuimos con mi mamá y mis hermanos a limpiar su casa y entre todos aquellos objetos viejos que guardó en un cuarto sucio y lleno de humedad; estaba el teléfono, aunque quise guardarlo como recuerdo, decidí tirarlo, ya que estaba quebrado de un lado y sería muy difícil mantener las piezas juntas. Por eso, cuando vi aquel teléfono en ese puesto de antigüedades en el mismo color del de mi abuela, inmediatamente tuve el impulso de comprarlo.
-¿Cuánto por el teléfono de rosca?- pregunté al señor que vestía una camisa sin mangas, unos jeans y unas botas como de vaquero.
-Ese lo tengo a ocho dólares, pero se lo puedo dejar en cinco.
-Bueno, lo quiero. – Contesté, el hombre tomó el teléfono y lo metió en una bolsa de plástico negra. Saqué el dinero de mi monedero y se lo entregué.
-Ya no hacen de esos, son unas reliquias. -me dijo mientras me entregaba el teléfono-
-Si, ya son recuerdos.- dije.
Cuando llegué a casa, le enseñé a mi mamá y a mis hermanos lo que había comprado.
–¿Y eso? ¿Dónde lo compraste?- me preguntó mi mamá.
-En el centro, un señor que vende antigüedades en la calle Arce lo estaba vendiendo. –
-Solo babosadas compra este- – dijo mi hermana mayor.
-Es que me recordó al que tenía la abuela cuando estábamos pequeños, como giraba la rosca para marcar y como sonaba de duro cuando caía una llamada.
Y aunque mi hermano menor no recordaba un teléfono de esos en casa de la abuela, le hice saber que él nació tiempo después de que se dañara ese que ella tenía y tuvo que cambiarlo.
Esa noche lo limpié, traté de dejarlo lo mejor posible a como el que tenía mi abuela, lo abrí para ver como estaba el interior y la mayoría de componentes electrónicos estaban quemados y oxidados, fue evidente que aquel teléfono jamás volvería a funcionar. Decidí ponerlo en una pequeña repisa que tengo en mi cuarto con carritos Hot Wheels de mi infancia y otros juguetes con un gran valor sentimental para mí.
Pasaron los días y siempre que veía ese teléfono en la repisa, la nostalgia venía a mí. Yo fui muy apegado a mi abuela, me enseñó muchas cosas; por eso cada vez que veía ese teléfono, venían a mi memoria todos esos recuerdos de mi infancia con ella y luego me ponía triste de lo mucho que la vi sufrir por el cáncer sus últimos días, los dolores que la hacían llorar. Cuando falleció me sentí muy mal, pero supe que ella ya no sufriría y que estaba en un lugar mejor.
Un día, mi hermana y mi mamá se fueron desde el viernes a una excursión de fin de semana a Guatemala y mi hermano se fue al pueblo de un amigo suyo de la universidad, por lo que yo me quedé solo en la casa ese fin de semana. Al regresar del trabajo, pasé a comprar comida rápida para cenar mientras veía una película. Después de comer, el cansancio me ganó y me quedé dormido en el sillón, con la película aún reproduciéndose.
De pronto me despertó un estruendoso sonido. Levanté la cabeza y vi que la televisión tenía el menú que aparece luego de que ha terminado la película. Giré la cabeza hacía donde mi mamá tenía un reloj digital de pared y vi la hora, marcaba exactamente las 3:03 de la madrugada. Yo aún trataba de entender que pasaba, presté atención a ese sonido que no paraba. Al hacerlo, reconocí aquel característico ring de los teléfonos antiguos de rosca.
Busqué mi teléfono móvil para ver si eso era y nada, ni una notificación. Entonces, al tratar de buscar con atención la fuente de origen de ese sonido… me di cuenta que venía desde mi cuarto. El ring no paraba, en algún punto sentí que se hacía más fuerte, yo aun no entendía que pasaba. En mi cuarto no tenía ningún otro aparato electrónico que pudiese producir un sonido así, a parte de mi teléfono y de mi computadora y ambos los tenía en la sala conmigo. Mi piel se erizó, algo me decía que aquello no era normal. Con mucho miedo, me levanté del sillón y comencé a caminar hasta mi cuarto hasta el fondo de la casa.
Al acercarme el sonido, se hacía más fuerte, me detuve frente a la puerta y con mi mano temblorosa agarré y giré el picaporte para abrir. Al hacerlo, el sonido fue aún mas claro. Encendí la luz de mi cuarto, busqué brevemente la fuente del sonido y confirmé que efectivamente, el sonido venía del teléfono. Me acerqué hasta donde estaba la repisa, lo observé, no podía creer que estuviese sonando, ya que el teléfono ni siquiera servía, solo estaba ahí, pero por alguna razón, estaba sonando.
Yo no sabía que hacer, tenía mucho miedo, sin embargo, no podía dejar de verlo, casi como si me hubiese hipnotizado. Sin pensarlo más, levanté el teléfono y me lo llevé a mi oreja izquierda y con una voz temblorosa dije: «¿Hola?»
Al otro lado de la línea, solo se escuchó estática, pero justo cuando iba a poner el altavoz de nuevo en el teléfono, escuché una voz familiar: -¿Bueno?- Era la voz de mi abuela, la reconocí inmediatamente.
-¿Hola? ¿Si?
-Hola Tiño, ¿Cómo estás? Cuanto tiempo sin escuchar tu voz. – Tiño es como me decía mi abuela de cariño y ya fue un apodo que me quedó dentro de la familia.
-¿Abuela?, dije con una voz temblorosa.
-Si Tiñito, soy yo, puchica, ya hace tiempos que no escuchaba tu voz, ¿Cómo has estado? ¿Como está tu mamá y tus hermanos?
Yo, que no lograba aún comprender que es lo que estaba pasando le pregunté: -Abuela, ¿Estás bien?
-Estoy super bien, nunca me he sentido mejor.
-Pero, ¿Y tus dolores? Me acuerdo como en tus últimos días de vida te quejabas del dolor que te provocaba el cáncer.
-Si, pero todo eso ya pasó, me siento mejor y quiero ir a visitarlos, o mejor aún, que vengás vos a visitarme.
Por un momento, escuchar de nuevo la voz de mi abuela me llenó de una alegría que no sentía desde hacía años, pero por otro lado, supe de inmediato que aquella cosa que estaba hablando conmigo no era ella, por alguna razón, logré salir brevemente del trance.
Guardé silencio mientras la parte racional de mi cerebro supo que nada de aquello era normal y dije con voz firme: -Mi abuela está muerta.
Al decir esto, solo se escuchó estática y quedo todo en silencio. Cerré mis ojos en lo que para mí fueron solo dos segundos y al abrirlos, me asusté al ver a mi hermano de pie en la entrada de mi cuarto.
-Maje, ¿Qué estas haciendo? – me preguntó. Yo, estaba ahí de pie con el teléfono en mi mano sosteniéndolo sobre mi oreja, al darme cuenta, vi que era de día.
-¿Qué pasó? ¿Qué horas son?- le pregunté muy asustado.
-Son las cinco de la tarde-
-¿Qué haces aquí? Pensé que ibas a venir hasta el domingo.
-Hoy es domingo.
-¿Qué? No, no puede ser, si a penas eran las tres de la mañana de sábado, ¿Qué pasó?
-No, son las cinco de la tarde del día domingo, mi mamá me llamó y dijo que ya vienen por Santa Ana, en unas dos horas más están en la casa ¿Y vos que has hecho? ¿Qué haces ahí parado?
-No lo sé, es que, tuve la sensación como que si alguien habló por este teléfono y vine, contesté y te juro escuchar a la abuela.
-Tiño, este teléfono no está conectado a nada, ¿Cómo van a estarte llamado? ¿Estás drogado?
-¿Qué?, no, vos sabes que yo no hago eso.
-Entonces, ¿Por qué estas diciendo que te están llamando por ese teléfono viejo que compraste y que claramente no sirve? Y que además estabas hablando con la abuela.
-No lo sé, te juro que no lo sé, algo hizo creerme por un momento que la abuela me llamó por teléfono, en un momento cerré los ojos y ahorita que los abrí te vi aquí parado. Pero te lo juro, cuando pasó eso, era la madrugada de ayer sábado
-¿O sea que ayer no fuiste a trabajar?
-No lo sé, supongo que no, todo fue por este teléfono, me hipnotizó y perdí la noción del tiempo.
Mi hermano me vio con una cara como cuando una persona que no está sana mentalmente te dice alguna incoherencia.
-Tiño, descansá, sacá el teléfono de tu cuarto y descansa un poco, finjamos que nada de esto pasó y te recomiendo que vayas viendo que excusa le das a tu jefe para que no te despidan, si es que no lo han hecho y mejor tirá ese bolado a la basura.
-Si, mejor lo voy a tirar.
El día lunes, metí el teléfono en la misma bolsa en la que me lo dio aquel hombre y me fui a trabajar. Tuve que inventarle una excusa a mi jefe del porqué no fui a trabajar y me dijo que, aunque tuve suerte del que se tuvieron que suspender labores a eso de las diez de la mañana por un pequeño incendio ocurrido en un comedor ubicado en el mismo edificio de mi trabajo, concluyó en que debido a esa falta, estaría en un período de prueba de dos semanas, el cual acepté sin negarme, era mejor que un despido.
Por la tarde, cuando regresaba del trabajo, pasé al puesto de antigüedades del centro para devolverle el teléfono al señor que me lo vendió.
-Mire, hace unas semanas le compré este teléfono, pero ya no lo quiero.
-¿Y eso?
-Es que tuve una pequeña experiencia rara con el.
El hombre, se me quedó viendo muy extrañado y al sacar el teléfono de la bolsa me dijo: -A usted también le llamaron, ¿Verdad?
Yo quedé asombrado, mi rostro le confirmó al hombre la experiencia que había pasado.
-No se preocupe, usted no es el primero, hizo bien en decirle eso.
-¿Decirle qué a quién?, pregunté muy extrañado.
-Decirle a la entidad que usted sabía que ese no era su ser querido.
Cuando me dijo esto, una corriente recorrió mi cuerpo y erizó mi piel por el miedo.
El señor, sacó de la bolsa de su pantalón un billete de cinco dólares y me los entregó, yo le hice el gesto de que no era necesario de devolverme el dinero, pero el insistió, tomé el dinero y antes de irme, el hombre me dijo: -No sea una víctima de su propia nostalgia.
Cuando me dijo eso, solo me di la vuelta y me fui, volteé a ver una última vez y vi como el hombre ponía de nuevo el teléfono en exhibición.

