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Memoria de Luis Melgar Brizuela

Memoria de Luis Melgar Brizuela

Por: Álvaro Darío Lara

Recuerdo que cuando cursaba el primer año de bachillerato académico, los textos de la asignatura de Letras (como se conocía la materia en aquellos tiempos) y de Educación Estética eran producidos nacionalmente. Así dependiendo de la institución educativa o de la recomendación del profesor, podían ser de tres editoriales, entre ellas, sobresalían los libros de la editorial Oxcelotlán, de Luis Melgar Brizuela (1943-2024).

Antes de conocer a Luis, estudié con sus libros. Leí sus análisis y resúmenes de las obras literarias, contesté sus cuestionarios, hice sus ejercicios. en aquel tomo de Letras I, que, según el programa vigente en los inicios de la década del ochenta estaba dedicado a la Literatura Antigua (Griega y Latina, Medieval y Renacentista)  Recuerdo, si la memoria no me traiciona, que la imagen de la portada de aquel ejemplar de Letras I reproducía un cuadro de Edipo frente a la fabulosa esfinge. Del texto de Educación Estética I tengo un vago recuerdo y su portada se me desdibuja ya en la memoria, tampoco me asiste el valor de buscarlo entre los cientos de volúmenes de mi biblioteca, pero seguro, está ahí, en esas ediciones de antaño, o en otras que he adquirido debido a mi obsesiva manía de bibliófilo empedernido.

A mediados de esa turbulenta década ya referida conocí personalmente a Luis Melgar Brizuela, con seguridad, en una de esas sesiones del Taller Literario Xibalbá al cual pertenecía y que agrupaba a una significativa cantidad de jóvenes que nos reuníamos religiosamente todos los sábados por la tarde en el local de la Asociación de Estudiantes de Letras, al principio, y luego en cualquier lugar disponible de la Universidad de El Salvador. Aunque yo no estudiaba en la Universidad de El Salvador, sino en la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de donde me gradué de Letras, llegaba frecuentemente en razón de las sesiones con Xibalbá.

Ahí algunas veces, Luis, escuchó a esa legión de jóvenes poetas, leer sus primeros versos; y a algunos narradores compartir cuentos y relatos. Los escuchaba como un maestro, ya que Luis fue, ante todo, un Maestro, con mayúscula, y no sólo por su talante, estilo y temperamento; por su voz, por sus énfasis, por su didáctica, sino, sobre todo, por su capacidad de estimular, de acompañar, de sugerir, de orientar. Al igual que otros poetas y escritores que derramaron su generosidad sobre nosotros, me refiero, entre algunos a:  Matilde Elena López, Salvador Juárez, Francisco Andrés Escobar y Ricardo Lindo, que siempre se nos hicieron presentes:  accesibles, respetuosos, afables.

Luis Gonzalez, Luis Melgar Brizuela y Silvia Elena Regalado, Casa del Escritor, 2013. Homenaje a Álvaro Menen Desleal.

Con el tiempo, esfuerzos organizativos, culturales, literarios nos estrecharon con Luis, especialmente, al final de la guerra. Y los primeros años de la paz, nos congregaron en múltiples ocasiones.

Quiero referir con mucha gratitud y satisfacción que Luis fue uno de mis invitados favoritos en los espacios culturales que sostuve en medios radiales (Programa “En Voz Alta“ de Radio Clásica) y televisivos (Programa Debate Cultural en Televisión Cultural, Canal 10) durante años.  

Lo entrevisté muchas veces sobre uno de los temas de su especialidad: Roque Dalton; y en los últimos tiempos, sobre su otra pasión: los pueblos originarios de lo que ahora es El Salvador. El tema indígena y la poesía de Dalton cautivaron a Luis de una forma impresionante. Sobre ambos temas nos dejó profundos trabajos.

En el caso de Dalton, su tesis de grado doctoral, traducida luego como su libro: “Las brújulas de Roque Dalton: una poética del mestizaje salvadoreño” (Dirección de Publicaciones e Impresos, El Salvador, 2016); y sus investigaciones literarias e indígenas como “Oraliteratura de El Salvador” (Antología de narrativa oral popular, Editorial Universitaria, El Salvador, 2007) y otras publicaciones.

Miembro fundador del grupo literario “Piedra y Siglo” en los años sesenta del siglo pasado; profesor e investigador universitario, lingüista; organizador de festivales indígenas; integrante del grupo literario Amate, conferencista, articulista, ensayista. Maestro de generaciones.

Más allá de su dimensión académica, había en Luis Melgar Brizuela una fibra poética, que, siempre reconoció con respeto. Jamás se identificó como poeta, probablemente juzgando que la sensibilidad la tenía, pero no la vocación y la identidad como él la conocía, entendía e identificaba, plenamente, en otros. Por ello sus versos, rara vez vieron la luz pública. Hasta que, a iniciativa de la Fundación Metáfora y con el apoyo del Ministerio de Educación, se editó una antología poética de nuestro autor (“El Poemar”, Metáfora Ediciones, El Salvador, 2012), que recoge versos comprendidos entre 1978 y 2004, y que evidencia sus motivaciones por la sociedad e historia salvadoreña, donde lo prehispánico y lo contemporáneo se entrelazan. Son cantos que recuerdan los antiguos cantares indígenas y la poética, sin duda, del gran Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979); pero también hay en ellos el hondo sentimiento del hombre amoroso, que se ve en el espejo de los ojos de su compañera, de su bienamada.

No resisto transcribir el primer poema en el pórtico del libro de Luis: “Vengo de un delirio/donde velando mi cadáver/ estaba una abuela que no conocí. / Vengo del delirio de la sangre/que a torrentes dan los de la guerra. / Y estaba un ángel completamente azul/ a la par mía/ pidiéndome consejo. / Este es el gran caos, /el huevo tronando, / ya le salga serpiente/ ya le salga pájaro/ (sin negar, por supuesto, a Quetzalcoált.) / Este es el punto de truene de que hablaron los magos. / O la piedra de toque que te conté. / ¿Cómo seguir callando tanta infamia/ y no estallar? / ¿Es que ya sólo el miedo manda? / Basta de reticencias palúdicas. /Cierto, mi piedra no será la primera, / pero que lleva toque, /lo lleva…”. (Poema: “A (mi) modo de presentación”).

Luis Melgar siempre estuvo ahí. Lo rememoro, de forma entrañable, en su casa de habitación, las veces que nos recibió junto a mi amigo y compañero de tesis Víctor Hugo Granados González, para ofrecernos sus valoraciones y acertadas orientaciones en nuestra investigación de grado, sobre el proceso de ruptura poética en el país, 1955-1975; o como cuando gentilmente presentó mi libro “Minotauro”(Ediciones Mazatli, El Salvador,1998) en Biblioteca Nacional Francisco Gavidia; o cuando compartimos ponencias juntos alrededor de autores como Alfredo Espino en su Centenario; o sobre la figura y obra de  nuestro común y querido amigo, el dramaturgo y cuentista Álvaro Menéndez Leal (1931-2000).

Presentación del libro «Minotauro» de Darío Lara por parte de Luis Melgar Brizuela. Biblioteca Nacional Francisco Gavidia, San Salvador, junio de 1999.

La última vez que nos encontramos con Luis Melgar Brizuela fue en el Centro Cultural Cabezas de Jaguar, el 13 de mayo del año pasado, con ocasión de la presentación del libro “Jugando con Asturias” de la poeta Claudia Herodier (1950). Obra sobre la cual pronuncié unas palabras esa tarde agradable. Luis se encontraba en compañía de su novia de toda la vida, su esposa, la también académica Candelaria Navas. Con ambos nos saludamos afectuosamente.

Por todo ello, su partida física nos llenó de pesar; pero al mismo tiempo, nos transmitió certeza y esperanza.

La certeza de su eterna presencia en la palabra que nos dejó; y la esperanza que ese Cuscatlán que tanto amó, se convierta un día en la auténtica tierra prometida para todos sus hijos, especialmente para los descendientes de los pueblos ancestrales hacia quienes dedicó, en las últimas décadas de su vida, como ya expresamos, tanto estudio y admiración.

Homenaje a Alfredo Espino en el Centenario de su Natalicio. Fundación María Escalón de Núñez, Programa En Voz Alta, Radio Clásica, San Salvador, 2000. Foto de LPG.
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