
El juicio de don Julio
Autor: Evenor Saavedra | El Salvador | Cuento Corto
–¡Ya voy, hombre, ya voy!–, decía don Julio, mientras se levantaba de la mesa con dificultad, apretando la gastada empuñadura de su bastón. –¡Pérenme un momento!
En la camisa shuca y curtida, se iba limpiando los vestigios de frijoles melcochados y queso fresco que abandonaba con desilusión en el plato de la mesa. “No es un adiós, es un hasta pronto”, se decía para sus adentros, y una sonrisita divertida asomaba por última vez de su boca marchita.
–¡Qué ganas de fregar, hombre, ya estoy comiendo!–, dijo, casi de buen humor.
–¡Apurate, viejo pendejo, que hoy sí te la vas a comer bien!–, le contestó una voz desde fuera, mientras le seguían aporreando la puerta.
Don Julio se paró de golpe, extrañado de lo que acababa de oír. ¿No era la voz de Toñito la que estaba escuchando? ¿Desde cuándo le hablaba así y quiénes eran los que venían con él? Ya muchos años sin que nadie lo molestara en su casa, y menos a esas horas de la tarde-noche.
–¿Qué quieren, jóvenes?
–¡Que abrás, viejo desgraciado!–, contestó la voz enfadada, casi histérica, de una mujer.
Don Julio se decidió a abrir, y antes de reconocer los glaucos ojos de Antonio, un fuerte dolor en el estómago y una repentina falta de aire ya le estaban nublando la vista y el pensamiento.
–¡Con que vos sos, hijueputa! ¡Con que a esas cosas te dedicás!
Y don Julio se fue doblando hasta quedar tendido en posición fetal, a punto de ser forzado a salir al mundo y contemplar la luz del anochecer, porque ya tiraban de él unos brazos fuertes, que lo incorporaban sin miramientos.
Sus manos alzadas al fresco habían comenzado a temblar sin ningún control, como buscando tantear la razón de todo aquello. Sus ojos se esforzaban por reconocer las sombras de los árboles que se recortaban contra la claridad del cielo, mientras una prieta masa de gente gritaba con hostilidad al verlo salir.
–¡Ese es, ese viejo es!–, gritaban algunas voces.
–¡Yo lo reconozco, ese mismo es!–, secundaban otras.
Una vez afuera, los mismos brazos que lo habían ayudado a salir lo arrojaron con fuerza al polvo de la calle, que entraba como Pedro por su casa en los ojos y boca del anciano. Su vieja boina rodó unos metros más allá, e inmediatamente fue pisoteada con desprecio.
La desnudez de su calva le hizo querer reaccionar, pero era inútil tratar de levantarse, todo su alrededor bailaba en confusión giratoria. Por poco se sentía nuevamente niño en el carrusel.
Un chico enardecido y con el cuerpo lleno de adrenalina, recogió el bastón del suelo y comenzó a aporrear las viejas espaldas del caído, mientras la turba subía los tonos de su grito triunfal.
–¡Háganle lo mismo, háganle lo mismo!
Y las luces se apagaron para don Julio…
Ese día ya habían pasado cosas inusuales. Muchos mensajes de gente extraña le habían caído a su Facebook, gente que lo insultaba y le deseaba cosas terribles, incluso la muerte. Todo eso le había parecido un poco raro, pero no lo suficiente como para inquietarse demasiado; de todas formas, él siempre había sido un hombre de carácter apacible y despreocupado, cualidades que se habían fortalecido luego de pasar sus mejores años laborando como motorista de la ruta 38 A, donde se acostumbró a escuchar todo tipo de sutilezas de los pasajeros y de los pandilleros que le pedían “la renta”. Desde el clásico “¡qué bárbaro!”, de algún usuario al que no había escuchado avisar que se quedaba, hasta las rutinarias amenazas de muerte de “los muchachos”, ya fuera que pagara o no (las monedas de entrada y salida, se entiende, porque las grandes sumas de los dueños no eran cosa suya). No le era extraña la frialdad de aquellas “palmaditas” dadas con el cañón de una pistola hechiza, mientras le decían: “vergón, pero ya sabés que simón va, en cualquier momento te dejamos echando sangre”. Pura rutina.
Los celos de su mujer, que ya descansaba en la paz del sepulcro, lo habían vuelto poco sociable, pero era amable y se reía solito, algo que le había ganado discretas simpatías. Nunca ponía música alta ni pegaba stickers de “Todas mienten” o “Exclusivo para chicas jugosas”. No le gustaba la bebida y jamás condujo de manera temeraria, pues para él había más tiempo que vida, cosa que sí le valió los rencores de los pasajeros que siempre van llegando tarde a algún lugar. “Este hijueputa como qués caracol lisiado”, decían, y rápidamente le quedó el mote de “caracol” entre los “alias” de los microbuseros. “Buxo, buxo, no te apurés tanto, que ahí delante llevás a caracol”.
Cuando la artrosis de rodilla le hizo insoportable la acción de presionar los pedales, se hizo vendedor de periódicos, y aunque pasó algunos días de estática melancolía, rápidamente le halló el gusto a la lectura y encontró consuelo en las sopas de letras, los crucigramas, las tiras cómicas y las noticias deportivas. Adoptó un perrito aguacatero con el que se quedaba toda la mañana en la esquina de “La primera”, con sus periódicos ordenados en columnas en el suelo, esperando a que pasaran los clientes.
Y Don Julio se perdía en la lectura de sus periódicos, en la elocuencia de las columnas de opinión, en el sensacionalismo afectado de las crónicas amarillistas, en el color de las imágenes y fotografías, en la ingeniosidad de los anuncios, que lo hacían reír como niño, y miraba con timidez las fotografías de modelos famosas, pasando rápidamente la página, como recordando la mirada inquisidora de su amada costilla.
–Este maitro como que es Umberto D.–, dijo alguna vez un universitario que no fallaba en comprar “El Gráfico”.
–Nombre, yo le veo más talla de Neruda, sólo que le falta la boina.
–¿Quién es Neruda?–, preguntaba don Julio.
–Ese viejo que está ahí en esa página. Era poeta.
Y don Julio leyó la pequeña columna dedicada al 120 aniversario del fulano. A los pocos días, se le comenzó a ver con una boinita vieja en la cabeza, la cual él decía perteneció a un poeta muy reconocido, de esos que ganaron el premio Óscar, y que se la había regalado en agradecimiento por haberle servido de chofer en una su visita al país. La mayoría se tragaban el cuento, aunque nadie le daba mayor importancia; pero don Julio lo contaba para sí mismo, y tanto lo repitió que lo llegó a creer a pie juntillas.
Sin amigos, sin familia cercana y con su perrito atropellado por el mismo microbús que él manejaba en el pasado (según decía), se consolaba con ser “el señor de los periódicos”, que usa boina elegante y no se mete con nadie. Acumulaba periódicos y recortes en su diminuta casa, que ya iba pareciendo hemeroteca. Coleccionaba revistas y pegaba todos los cromitos de los álbumes que de vez en cuando venían en ediciones especiales. Vivía de cada detalle amable, de cada sonrisa, de cada “buenos días” y “buenas tardes”, del consuelo de saberse inofensivo y un tanto invisible, sin llegar a ser enteramente inútil en su pueblo.
Pero cuando volvió en sí aquella tarde-noche, por el fuerte olor a gasolina que empapaba su cuerpo, tenía la plena certeza de ser odiado por aquella gente que le hería con piedras, palos, palabras y miradas duras. Su cuerpo lloraba con lágrimas de temblor, sus ojos ya no lograban darle una imagen coherente del mundo, pero sus oídos, su olfato y el dolor de cada músculo y hueso, le indicaban lo cercano que estaba el final de su anónima vida, de repente tan famosa, de repente tan conocida, de repente refutando aquello de que no hay publicidad mala. El final de su anonimato no sólo sería el final de su paz, sino también el final de su respirar.
A lo lejos, como viniendo de un mundo distante, alcanzó a ver el parpadear de las luces de un par de patrullas, de las que ya habían bajado algunos oficiales que no parecían muy dispuestos a tratar de disolver aquella turba.
–¡Enciéndanlo ya, enciéndanlo!–, gritaban los más entusiastas.
Don Julio todavía dio un par de pasos a un costado, con las manos temblorosas y los dedos enroscados, más artríticos que nunca, buscando alguna salida de aquel laberinto humano, el cual retrocedía compacto, haciéndole sentir en una de esas pesadillas en las que se dan los pasos sin avanzar.
–Esto te lo has ganado, viejo cerote, un bien le hacemos al mundo.
Y “Toñito”, que también había llevado periódicos a don Julio en aquellos días, tiró una mecha improvisada con papel diario en la humanidad del viejo ex microbusero, el cual comenzó a arder con un rumor sordo… grito discreto, como la vida que se extinguía. Cayó de bruces, envuelto en llamas, con sus brazos aun queriendo sostener el peso de su cuerpo, hasta que por fin besó el polvo que le dio la vida y ardió sin más resistencia, al igual que su casa, también condenada a la hoguera por la algarabía satisfecha de aquellas almas justicieras, que poco entendían de remordimientos…
Poco después se supo que no había sido él el que había matado a golpes a un perrito callejero. El bastón y la boina habían sido sólo coincidencias. El verdadero responsable fue atrapado por la policía y condenado a dos años de prisión, mientras que de un tal don Julio, ya nadie se acordó.


