
Cityboy, un cuento de Gabriel Velásquez
“Y estoy solo en esta ciudad, no te encuentro en ningún lugar”, canto junto a mi hermana menor. Dejo de llorar y acepto la pérdida, una de mis tantas pérdidas.
El momento de abandonar el trabajo, tarde por la noche, resulta absortamente feliz para la mayoría de mis compañeros empobrecidos, que llenamos los estantes, los quioscos y las sucursales más pomposas de navidad. El trabajo es de centro comercial, me dijeron en la llamada de la empresa. Recibieron a bien mi hoja de vida luego de 50 negativas de diferentes instituciones. Saqué la universidad hace dos años, en el top 5 de los mejores evaluados de toda la facultad. Pero en el mundo laboral eso no funciona. De vez en cuando le digo a Bob, mi compañero, que mejor hubiese empezado a ganar gratuita experiencia desde el segundo o tercer año de la universidad, en lugar de concentrarme, desvelarme y encimarme a un podio que se desvanece como sal en el agua.
Mi gran problema será con la noche, con el momento de abandonar el trabajo. Salgo a las cuatro de la mañana de mi casa, desde la ciénega sub urbe, fuera de los reflectores y las luces, donde los buses pasan hasta las 7 de la noche y los pick up piratas se hacen cargo de los desdichados, de los despojados, de los que no tenemos de otra. Y, aunque llego con todo el ánimo, o aparentemente con toda la inmensa gracia, como si se tratase de un victorioso relato bíblico a mi trabajo, la realidad es que no me imaginé haciendo limpieza en un local de zapatos y de ropa. No me imaginé limpiando el polvo y haciendo suelas, no me imaginé subido a 3 metros sobre el suelo intentando encontrar tallas de zapato desde las 6 de la mañana. Pero la temporada no perdona, porque es el momento en el que el explotado, en el que el profesional sin oportunidades debe demostrar que es buen vendedor, que sabe exponer una marca ajena, que sabe ganarse el pan y los frijoles.
“Serás asesor de ventas”, me dijeron en aquella llamada. Feliz le conté a mi madre, le dije que yo estaría a cargo de gente para asesorarles y enseñarles como vender. “Toma tres dólares, hijo, para que vayas a dar las vueltas”, me dijo con tremenda ilusión. Nunca había vendido nada en mi vida más allá de mi indocta esperanza de alcanzar mis sueños laborales. Mi madre me abrazó, se reía en mi hombro, y me dijo que un asesor de ventas no es alguien que asiste a otras personas para mejorar sus números, es alguien que vende. Y a pesar de ello, a pesar de la advertencia posterior a esa llamada, el siguiente día, de hace dos semanas, me presenté a una prueba de venta. Comencé con el área de redes sociales, más de 3 mil personas esperando respuesta debido a la temporada. Estuve dos horas, tenía la facilidad y la extraña habilidad de escribir supremamente rápido, le dije a mis amigos en una ocasión que fue porque moría de frío en el salón de cómputo de la escuela y debía terminar un examen de mecanografía, utilicé todos mis dedos a una velocidad nunca antes vista. Y es que el frío siempre ha sido mi acérrimo enemigo, Gabriel García Márquez decía que podía escribir bajo todas las condiciones excepto con sus manos frías. Y en ese momento me sentí él, con mis manos como témpanos de hielo. Al finalizar la prueba salí del local, me dijeron que me llamarían si todo salía bien. Tomé mi último dólar, de los tres que me dio mi madre para finalizar la semana. Me los dio con toda la bondad de su alma, y yo los tomé como un desventurado que estaba comiendo de su comida, bebiendo de su agua, durmiendo en sus aposentos sin aportar nada. Aquel sabio conocimiento por el que luché y que adquirí en la universidad nunca me advirtió que en el mundo real se necesita utilizar las manos antes que el cerebro para llevar el sustento a casa.
Y aquel dólar, el último de ellos, lo tomé para abordar la ruta 42 hasta el centro de San Salvador. Tan solo cinco minutos habían pasado desde mi abordaje cuando me llamaron por teléfono, una vez más de la empresa, para decirme que la prueba había sido excelente y que regresara a la sucursal, que era mi momento de brillar, que la temporada estaba encima y que necesitaban mis habilidades de manos rápidas. Bajé y retorné al centro comercial. Ingresé y dije “uno siempre vuelve donde fue feliz”, y no sé con qué tanta felicidad lo dije que los desdichados que estaban limpiando zapatos y camisas en el local, entre ellos Bob, ni se inmutaron ante mi comentario.
Pero mi gran problema no versó en obtener el trabajo, ni en regresar al local, ni siquiera en ser ignorado con mi comentario. Mi gran problema de ese día, es que eran las doce del mediodía, que me dieron permiso de ir por mi almuerzo, que no tenía más que sesenta centavos en el bolsillo. “¿Traes comida?”, me consultó quien sería mi jefe. Le dije que no, pero que iría a comprar, que no se preocupara. Salí y recordé a una de mis amadas tías, una señora que toda su vida se dedicó a trabajar en empresas de ropa: doblando, planchado, echándose telas a los hombros, quien me dijo que cuando no tenía dinero para el trabajo, caminaba alrededor del centro comercial para ignorar que tenía hambre. Y caminé. Los observaba a todos, veía como se llenaban sus bocas de comida, incluso caminé en el food court para oler, para llenarme de aquello que satisface a las masas.
Pero cuando volví me percaté que, en la puerta de cada local, de cada quiosco y sucursal había un emproblemado como yo, llamando clientes, doblando las rodillas de dolor, cambiando el peso entre talones, con las caras pálidas y derrotadas. Regresé en tiempo exprés porque, según les conté a los de mi trabajo, como súper rápido porque mi padre me enseñó que lo hiciese así. Estuvo en la guerra civil, entre más se tardaba en comer, más fácil era que lo fusilaran. Mi pequeña oficina no era como la hubiese imaginado cuando estaba en mi primer año de universidad, en el que debía exponer como me imaginaba trabajando al finalizar la carrera. Esa materia se impartía para tenerle amor a la profesión, para sabernos hacia donde llegar. No llegué, me negué rotundamente a vivir de otra forma que no fuera lográndolo, pero estaba ahí, en mi pequeña oficina, una bodega repleta de cajas con miles de zapatos y camisas, sintiendo como el polvo escupe en mi cara en cada tecleo. “Mejor hubiese empezado a ganar gratuita experiencia desde el segundo o tercer año de la universidad, en lugar de concentrarme, desvelarme y encimarme a un podio inexistente”, le dije por primera vez a Bob. Se lo he repetido hasta el cansancio.
De aquella jornada me dejaron salir a las cuatro de la tarde. No me quejé, pensé que algo era mejor que nada. Lo que pensé que sería mi gran problema con las noches provino días después, cuando la temporada era peor, cuando nos obligaron a quedarnos hasta las doce de la noche para lograr los objetivos trazados por un multimillonario que ni siquiera sabía de nuestra existencia. La primera noche de compras: dejé mi incómoda, pero para nada salvaje oficina para ser parte del equipo de enfrente. Y recordé a aquellos desventurados que estaban llamando clientes en mi primer día de trabajo. Me convertí en uno de ellos, “si voy a ser un jalador de clientes, seré el mejor”, bromeaba con Bob. “Mejor hubieses hecho experiencia en la U”, me replicaba. Y me paré ahí, frente a todo el mundo, con la cabeza debajo de vez en cuando porque no quería que mis compañeros de la universidad, si acaso estaban cerca, me vieran. Durante tantos años juré y perjuré que lograría lo impensable: trabajar de lo que estudié. Pero estaba ahí listo para tallarle los pies a niños caprichosos que ni sus padres soportan. A las doce de la noche nos llevaron pizza para recompensar nuestro gran esfuerzo. Habíamos hecho más millonario al millonario a cambio de dos escasas rebanadas de pepperoni.
Pero esa noche no fue mi problema. Porque me había hecho cercanos a mis compañeros de temporada y porque a las doce de la noche nos pagaban transporte hasta nuestras casas. La cuestión fue el siguiente día porque no nos dieron transporte. Salgo a las ocho de la noche. Sé que el transporte de mi casa no está disponible porque a las siete pasa el último, pero los pick up para los muertos en vida estarían ahí. Al llegar a la estación de buses del centro comercial, veo una larga fila de espera. El tráfico era inhumano. Camino tres cuadras hasta la parada anterior para darme cuenta que la situación es similar. Y sigo y sigo, y sigo y sigo, y camino hasta que mis pies se doblegan ante el asfalto. Alcanzo el autobús más lleno que jamás habían visto mis ojos. Estoy molesto, harto, pongo mi mochila sobre la máquina de cobro y el conductor me insulta por no caminar. Las mujeres detrás de mí me empujan porque no tienen forma de agarrarse. Alcanzo a tomar mis audífonos de la bolsa delantera de mi mochila y pongo, con todo el volumen posible, un mix descargado de música. Ni siquiera había tenido la oportunidad de tener aplicaciones para escuchar mis melodías favoritas. Ni siquiera de tener internet. Sonaba “bicicleta” de Dillom en ese mix. Y me empujan, zapatean, veo el techo, la ventana, al conductor que parece vivir el hartazgo en sus cinco sentidos. “Yo sé que nosotros no servimos para esto, pero quiero intentarlo igual, romper con la línea del tiempo.
Hay veces que me siento tan afuera de mi cuerpo.
No me reconozco cuando me miro al espejo”. Soy un cityboy viviendo una vida que no merece ser vivida, pienso.
Bajo en el centro de San Salvador a las nueve de la noche, camino hasta la estación de buses que llegaba a las cercanías de mi recóndita colonia. Y mientras espero, me asaltan, me llevan a una sucia casa recubierta de plásticos negros, frente a un reconocido parqueo. Ponen un arma de fuego en mi cabeza, me han confundido con un asaltante que acaba de despojar de sus pertenecías a la mamá del homeboy de la zona. Insisto que no, me desespero, empalidezco, ruego por misericordia porque, aunque esta vida no merece ser vivida, no quiero morir de la forma más ruin posible: siendo confundido y asesinado por los deshechos de una sociedad fallida. Quitan mi ropa, golpean mi rostro, piernas, costillas, pero llegan a la conclusión de que aquel asaltante no era yo. Se quedan con mi teléfono, mis audífonos y me devuelven un dólar. Me encaminan hasta la estación, “dejá de ver a los lados” me dice el pandillero, “ojalá nos demos cuenta que le contaste a alguien sobre esto, ya sabemos dónde vivís, donde trabajas y quien sos”, me sentencia. Subo al primer autobús, bajo cerca de mi colonia, tomo el mentado pick up que ahora más que nunca se había ganado su nombre, y llego a casa, abrazo a mamá y saco de mi bolsillo sesenta centavos, lo mismo que me sobró la última vez que ella me ayudó. Mi hermana sale, violenta de su habitación, preocupada hasta la cien por los golpes en mi cuerpo. “Pero no pasó a más” me dice. Se llevaron mi teléfono, le respondo. De todas formas, solo un mix descargado andabas, bromea en medio de la tempestad, mi madre la ve con toda la intención de romperle la cara de un golpe. Venía escuchado mi canción favorita, le replico mientras abrazo mis heridas. La de Dillom, me pregunta. Asiento. “Y estoy solo en esta ciudad, no te encuentro en ningún lugar”, cantamos ambos la canción. Dejo de llorar y acepto la pérdida. Una de las tantas pérdidas. Mi madre se levanta de la sala y me deja recostado en el sofá, siendo acariciado por mis apáticas lágrimas que no quieren aceptar que la historia se puede repetir el siguiente día.
“No se te vaya olvidar planchar la ropa del trabajo”, me grita mi madre mientras sube a su cuarto.
Sobre el autor

Gabriel Velásquez, nacido el 16 de febrero de 1999.
Actualmente licenciado en periodismo por la Universidad de El Salvador. Publicó sus primeros tres libros en 2019, siendo estos: Historias Vacías, El Recopilatorio de los Indignos y la novela Cuestiones.
En el 2020, publicó la novela «El Circo del Idiota», de la mano de la editorial Navegando Suelos.
En 2023 sacó su quinto libro, titulado «Esqueleto sin cabida», editado y publicado por Índole Editores.
Además, en 2019 gana el premio YoPublicoMX de México, en 2021 gana el premio Manzana Dorada de Guatemala, y en 2023 la mención de honor de los juegos florales de El Salvador.

