Siguiendo un sueño

imagen con fines ilustrativos

Autor: Sherzod Artikov | cuento | Uzbekistán

De pronto desperté. Una voz estaba gritando mi nombre desde la calle. Era una manera particular de empezar la mañana.

-¿Tío Nurmat?- le dije sorprendido mientras abría la puerta. Él era mi vecino. Me preguntaba que hacía ahí tan temprano y además tan desabrigado.

-¡Claro que soy yo!-respondió-Te he estado llamando desde hace rato. Me estoy congelando, déjame entrar-

Tío Nurmat era un hombre viejo, debería tener unos setenta años. Era alto y delgado, además de ser tan calvo que no quedaba ningún rastro de cabello en su cabeza. Vivía y tenía el aspecto de un mendigo.

Su mujer había muerto hace muchos años, dejándolo solo con sus hijas. Ahora, a excepción de ellas dos que lo visitaban de vez en cuando, no tenía más parientes que velaran por él.

Durante su juventud y adultez fue actor, pero por alguna razón, nunca pudo interpretar un rol protagónico. Durante sus cuarenta años en los escenarios solo le habían dado papeles menores, pero su obsesión siempre fue interpretar algún protagónico de Shakespeare como el viejo Rey Lear. El único papel de importancia que alguna vez le dieron fue el de Babchinsky en la obra El Inspector.

A pesar de haber vivido todo eso, se le veía enérgico y saludable aún. Tampoco sufría de los achaques de la gente de su edad y en cuanto a actitud, se veía como alguien que no esperaba nada de la vida ni que tampoco se quejara de su destino.

-Ensayé bastante el día de ayer, vecino- me dijo mientras entraba buscando la estufa para calentarse un poco -¡No va funcionar, no va a resultar!- Me decía mientras pensaba ¿Cómo voy a ensayar en la noche? Tengo que hacerlo en la mañana muy temprano pensando que así sería mejor. La otra noche intenté repetir el monólogo de la última escena del Rey Lear cuatro veces. Fue en vano. Pero esta mañana la interpretación, de este humilde servidor, salió mucho mejor. Ya verás.

-¿Puedo sentarme en esta silla?- le dije que sí. Mientras lo hacía se frotaba las manos compulsivamente para calentarse.

Cuando al fin se sintió abrigado me habló -Estaba sentado, así como lo hago ahora frente a ti. No erguido más bien encorvado tal como lo hacía el rey Lear. Él era un hombre viejo, exhausto y sus manos siempre temblaban. Por eso no pudo abrazar los cuerpos de sus hijas cuando murieron-mientras me decía todo eso, sus ojos reflejaban el dolor ante tanta desgracia.

Se quedó absorto por unos momentos. Luego fijó la mirada al vacío, mientras sacaba un pedazo de papel arrugado de su bolsillo. Aparentemente, estaba asumiendo el papel del rey Lear y comenzó a recitar el doloroso monólogo con tal pasión que al finalizar dejó caer el pedazo de papel.

-Tengo algunas cosas que afinar y trabajaré en ellas. La última escena es la más difícil- luego se levantó, caminó hacia mí y mirando alrededor me susurró tímido -Incluso hasta los mejores actores se les hace muy difícil la última escena, así que tengo hacerlo lo mejor posible ¿Podrías llevarme estos monólogos? Si mañana regreso al teatro no hay manera que los pueda leer en un pedazo de papel- mientras me decía eso se frotó la sien y tomó un profundo respiro.

-Tengo que resolver ese inconveniente así que mejor regreso a casa- recogió el papel que había dejado caer y raudamente salió de la casa no sin antes darme las gracias por verlo ensayar.

Después que me dejó salí a la calle. Me pasé todo el día trabajando en la biblioteca de la ciudad. Revisé varios libros y encontré mucha información para mi investigación sobre literatura latinoamericana. Regresé por la noche a casa y encontré otra vez al tío Nurmat en la puerta. Golpeaba impaciente la puerta y seguía con la misma ropa que tenía en la mañana.

-Ah, ¿No estabas en casa?- me dijo al verme.

-Fui a la biblioteca- le respondí señalando los libros que traía

-Fui al teatro hoy- dijo ignorando los libros -quise hablar con el director para ver la posibilidad de regresar al teatro. Lo esperé mucho tiempo afuera de su oficina, pero nunca salió a recibirme. Mañana lo volveré a intentar. Le diré que decidí volver a trabajar y que haré el papel del rey Lear-

Al día siguiente pasé por su casa. La ventana que daba a la calle estaba abierta de par en par y por ahí asomó el tío Nurmat – ¡mi querido vecino! –  gritó mientras movía las manos efusivamente – me encontré con el director. Le hablé de mi propuesta, la cual escuchó atentamente y vio con buenos ojos un posible regreso. Sin embargo, me dijo que por el momento no tenía vacantes en el teatro pero que me tendría en cuenta apenas hubiera algo. Es más, me dijo que me llamaría tan pronto como se abriera una plaza.

Durante los siguientes tres días, no vi al tío Nurmat. Recién al cuarto día me encontré con él y lo vi bastante fastidiado -sin vergüenzas, sin vergüenzas- repetía incesantemente. Me afectó verlo así, por lo que lo invité a casa para que se calmara. Se sentó cerca a la estufa como siempre.

 -Mis hijas estuvieron aquí- había una pizca de rabia en su voz mientras gesticulaba, ambas cosas no eran usuales en él.

-Les dije que volvería al teatro y ¿sabes lo que me dijeron? Que estaba muy viejo para eso, que no era trabajo para mí y que nunca me tomarían en cuenta-.

-¡Pero si este es el momento perfecto para hacer ese papel! Estoy en la edad indicada. El rey Lear tenía la misma edad que yo – repentinamente se paró y comenzó a caminar de un lado al otro de la habitación con las manos a la espalda.

Repentinamente se paró frente a mí y mirándome me dijo -Tú lo viste, ¿no es cierto? Viste que pude interpretar el papel, que estaba metido en él. Escuchaste con tus propios oídos la expresividad de mi monologo. Ellas no han visto ni escuchado todo eso. Lo que ellas me dijeron me ha dolido en el alma-.

No le presté mucha atención. Estaba distraído leyendo algunos apuntes sobre Mario Benedetti que usaría para mi trabajo de investigación. Pero no podía concentrarme teniendo al tío Nurmat tan nervioso. El agua, que estaba en el hervidor, sonó indicando que estaba lista. Decidí preparar un poco de té.

-El té eleva la presión- dijo el tío Nurmat. Se notaba que no estaba sediento así que dejo la taza que le ofrecí a un lado.

-Tío, de repente tus hijas te están diciendo la verdad- se lo dije sin ánimos de ofender mientras terminaba mi té. El me miró con cierta decepción y contestó -Ellas no saben nada-.

Esta casa la había alquilado para vivir en la ciudad y estar cerca a mi trabajo en el Instituto. Este consumía bastante tiempo últimamente por lo que las visitas a mis padres, en mi pueblo natal, se pospusieron varias veces. Pero ahora estaba de vacaciones y había decidido visitarlos.

-Mañana me voy al pueblo- se lo dije cuando vi que el tío se había calmado un poco -Creo que estaré con mis padres dos o tres días quizás hasta una semana-.

Él simplemente asintió como dando su aprobación -Está bien. Hasta entonces, dudo que el director de teatro me llame o venga a verme-.

Los días de enero se sentían más fríos que en la ciudad, por lo que decidí no moverme hasta que mejorara el tiempo. El tiempo lo aproveché para continuar mi investigación sin interrupciones. Los días transcurrían bastante lentos traduciendo a Benedetti del español al uzbeko.

Cuando finalmente sentí que había terminado el trabajo, decidí regresar a la ciudad. Para entonces ya habían pasado quince días en el pueblo.

Ese día una fuerte nevada se produjo en la zona. La nieve se había acumulado hasta las rodillas y los caminos estaban resbaladizos. Si caminar era peligroso más lo era el conducir. Todos los que lo hacían se movían tan lento que hasta en los taxis el velocímetro apenas si se movía.

Ya en la ciudad, y cerca a mi casa, vi una ambulancia en la puerta de tío Nurmat. El conductor estaba acurrucado al volante mientras esperaba. Un paramédico salía de la casa con sus instrumentos en la mano. Se sentó en las gradas de la puerta, se le notaba cansado.

Me bajé del taxi en el que venía e inmediatamente entré a la casa del tío. Allí estaba la hija mayor, Zarifa, que estaba llenando un tazón de agua. Me saludó y le pregunté por la salud del tío. Él estaba echado en la cama, mirando al cielo como perdido. Tenía una venda blanca en la cabeza.

-Ayer tomó demasiado y se resbaló. Se ha lastimado la cabeza y la espalda- me respondió Zarifa. Mientras la escuchaba me senté en una silla cercana a la cama y dejé mis cosas a un lado.

-El director todavía no me ha llamado- el tío reaccionó de inmediato al verme.

Hubo un momento de silencio después de lo que me dijo. Miré alrededor, la estufa estaba sin usar desde hace un buen tiempo. Había un armario inclinado con una docena de libros y la cama estaba bastante maltratada. Completaba la escena una vieja silla que andaba por ahí. También pude ver un viejo teléfono cerca a la ventana y junto a esta una botella de vino vacía. Había muchas sábanas apiladas y unas jeringas recién usadas. La habitación se sentía fría y abandonada.

Viendo la situación, me dediqué a traer algo de leña que había en el patio para calentar la estufa.

-Vecino, mira el teléfono porque no suena ¿no estará malogrado?– en su voz noté cierto grado de ansiedad.

-No, todo está bien con él- se lo dije revisando el teléfono más por él que por mí. Luego saqué unos fósforos de mi bolsillo y encendí la estufa.

-¡Qué bueno!, si el director llama se escuchará- se le veía aliviado con lo que dije.

Pronto la estufa estaba ya caliente y comenzó a sentirse una sensación de tibieza por la habitación. Zarifa, que había estado fumándose acercó para calentarse.

-Me he memorizado todos los monólogos y diálogos del rey Lear- nos dijo. Zarifa decidió marcharse al patio para no seguir escuchando.

Él quería mover la cabeza mientras hablaba, pero la herida no le dejaba. Solo podía mover los ojos.

-Sin embargo, no hay llamadas del teatro. Todos estos días he esperado, pero no hay noticias-.

Dijo todo esto en un último esfuerzo antes de dormir. El paramédico le había puesto unos sedantes a la inyección para el dolor.

La calma no duró mucho tiempo. Zamira, la hija menor, llegó de un momento a otro y entró intempestivamente a la casa y luego a la habitación. Al ver las sábanas apiladas, las comenzó a ordenar una por una y cuando terminó se sentó en el borde de la cama.

-Debemos ir al hospital inmediatamente- dijo ella mientras veía que su padre se despertaba de un sobre salto. Él la miró sorprendido al igual que Zafira que entraba a la habitación con una taza de té.

-No iré al hospital. Estoy esperando una llamada del teatro- las hijas hicieron unos gestos de desaprobación al escucharlo.

-Ellos no te llamarán- Zamira contestó -¿Y sabes por qué no lo harán? Porque no te necesitan. Hay una docena de actores que pueden interpretar ese bendito papel. Y todos ellos son uno más talentoso que el otro. El director no te dará el papel, se lo dará a cualquiera de ellos. Además, si no te dieron ese papel cuando trabajabas con ellos, ¿crees que lo harían ahora? –

-Mi hermana tiene razón- la voz de Zarifa se escuchó desde la puerta del dormitorio -Toda tu vida has soñado con tener el papel del rey Lear. Gran parte de tu vida y juventud la has desperdiciado en ese sueño. Pero nunca pasó, no estuvo ni estará en tu destino. Ahora estás viejo y ya no estás en edad como para cumplir un sueño-.

El tío Nurmat suspiró profundamente -ustedes…ustedes dos…lárguense de aquí- les dijo mientras se agarraba al borde de la cama con todas sus fuerzas. Ellas acataron la orden en silencio.

Después de que se fueron, se volvió a acostar, pero mirando fijamente la puerta. Cuando volvió a hablar no pude distinguir si lo hacía para mí o para él.

-Toda mi vida me la he pasado cuidando de mis dos hijas, nunca tuve tiempo para mis sueños. Todos mis colegas llegaban temprano al teatro bien vestidos y peinados, mientras que yo iba con ropa vieja y con una barba sin afeitar de semanas. No tenía el tiempo para cuidarme. Todo mi tiempo se iba entre cuidar a mis hijas y la enfermedad de mi esposa. Yo las bañaba, las alimentaba, las llevaba primero al jardín y luego a la escuela, hacia las tareas con ellas y si se enfermaban pues las llevaba al hospital y me quedaba con ellas todo el tiempo necesario. Por eso nunca pude trabajar en el teatro como lo había soñado. Tenía el talento, pero no pude explotarlo mientras cuidaba a mis hijas-.

-Cuando por fin me dieron algunos papeles para interpretar, por lo general, recibía muchas reprimendas del director de escena. No era solamente porque no interpretaba el papel a la perfección sino porque no podía memorizar bien los textos. Nunca pude trabajar en mí, como los otros. No leía libros y tampoco pude desarrollar mis diálogos. Las veinticuatro horas del día me las pasaba pensando en mis hijas-.

-Ante los ojos del director de escena yo era un actor inepto, incapaz de interpretar cualquier papel y totalmente irresponsable. Y fue así como me relegaron de a pocos, con cada vez menos papeles por interpretar. En algún momento dejé de actuar por meses o sino me daban papeles muy ocasionales y sin importancia, incluso llegando a darme papeles menores en obras poco populares, en donde apenas si aparecía con dos o tres líneas. Y entonces, de un momento a otro, dejaron de llamarme-. 

El tío Nurmat, guardó silencio mirando abatido al teléfono. Tenía los ojos llenos de lágrimas que comenzaron a caer por sus mejillas -mi vida nunca ha seguido un sueño- dijo cerrando los ojos para contener las lágrimas.

La madera en la estufa se había consumido completamente, por lo que el calor en la habitación había disminuido bastante. Fui por otro atado al jardín.

Mientras estaba tratando de prender nuevamente la estufa, la puerta de la casa se abrió repentinamente. Era el mismo paramédico que había visto en la mañana.

-Trataremos de llevar a tu padre al hospital- le dijo a Zamira, que había venido con él, casi como disculpándose -él no quiere ir por su propia voluntad-.

-Un hombre se vuelve tan caprichoso cuando envejece- atinó a decir ella mientras se acercaba avergonzada a la cama de su padre.

Dos hombres, también paramédicos, levantaron cuidadosamente al tío Nurmat para luego ponerlo en una camilla. Él no puso resistencia, ni siquiera abrió los ojos.

La escena me incomodaba así que me alejé hacia la ventana. Cuando se fueron me quedé un rato solo en la habitación. Trozos de hojas en las que estaban escritos los monólogos del rey Lear estaban esparcidas por el alfeizar de la ventana, entre las botellas de vino, las jeringas y el teléfono.

-Voy a ventilar y ordenar un poco la habitación- viendo a Zarifa parada en el umbral de la puerta, decidí que lo mejor era ir al corredor para que hiciera sus cosas.

Me quedé ahí, apoyado contra la pared pensativo. Repentinamente el teléfono sonó. Después de un rato escuché logré escuchar la voz de Zarifa respondiendo la llamada.

-¿Ya hospitalizaron a papá?. Porque estoy aireando la habitación-

Sobre el Autor

Sherzod Artikov


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana en el año 2005. Sus trabajos son publicados de manera recurrente en la prensa nacional. Su primer libro de narrativa “Sinfonía de Otoño” fue publicado en el 2020.

Fue uno de los ganadores del premio nacional de literatura “Mi Perla Regional” en la categoría prosa. Publicó en revistas electrónicas de Rusia y Ucrania como “Camerton”, “Topos” y “Autógrafo”. Así mismo, sus historias han sido publicadas en revistas y páginas electrónicas de Kazajistán, U.S.A, Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania y la India.

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