Cómplices y víctimas del desarrollo

Por: Javier Iraheta.

Tierra Arrasada es una táctica militar nefasta que consiste en destruir todos los recursos de utilidad para el enemigo. En medio de esas acciones devastadoras las poblaciones civiles son vulneradas y violentados sus derechos.

En la actualidad, de nuevo volvemos a la tierra arrasada; pero desde otra perspectiva: la población desprotegida es otra vez transgredida por la destrucción literal de las áreas naturales que les benefician económica y ambientalmente. Estas lesiones ocasionadas a la población y a la tierra ya no son realizadas por fuerzas militares represivas sino por el poder de las empresas constructoras amparadas por el poder político

Esta realidad se representó artísticamente en troncos de árboles colgados en el techo de El Museo de Arte de El Salvador como ahorcados con lazos blancos que estuvieron desde julio a septiembre del año 2018. Era la obra del artista argentino Miguel Martino llamada “Cómplices en el Silencio” que representa la realidad de la sociedad actual sin conciencia ambiental, indiferente e ignorante frente a la destrucción de la naturaleza.

Lamentablemente, la sociedad salvadoreña ha perdido esa herencia cultural tan arraigada a la tierra que provee y permite la vida. No somos ya una sociedad que se une para proteger nuestra herencia natural. Tenemos una cultura que poco a poco ha ido adoptando patrones de sociedades industrializadas que ignoran el aprecio medioambiental.

Como verdugos, las empresas “enjuician” anualmente miles de árboles al sumar la tala en áreas naturales para construcción de complejos habitacionales lujosos, centros comerciales y áreas empresariales en El Salvador pero afectando seriamente el equilibrio natural del país.

Áreas de gran importancia por ser pulmones naturales, mantos acuíferos y espacios de absorción de aguas lluvias han sido destruidas en municipios como Santo Tomás, Nejapa, Apopa, Sonsonate, entre otros. Es un proceso continuo y que arrasa con la vida a su paso.

Por su parte los salvadoreños nos convertimos en cómplices al guardar silencio frente a la injusticia, sin conciencia de que los humanos somos las próximas víctimas de esta acelerada cadena de degradación ambiental que conlleva: pérdida de cuencas hidrológicas, disminución de cause de los ríos, contaminación de las aguas, profundización de los mantos acuíferos, aumento de las temperaturas y disminución de la pureza del aire.

Algunas comunidades inician con fuerza la lucha por proteger sus recursos naturales, pero van menguando frente a la presión de estas potencias económicas. Otras comunidades se venden  tras ofertas de “mediocres regalías” como canchas mejoradas, paradas de autobuses, calles reparadas  y construcción de iglesias.

Si bien hay lideres comunitarios que representan a sus comunidades fervientemente, surge la pregunta ¿Dónde estaban todos los habitantes? ¿Con temor ante las represalias legales? ¿Aliados como pro-desarrollo? O ¿indiferentes ante la injusticia y desigualdad?

Resulta lamentable que estas empresas destructoras encuentran en los líderes políticos alianzas que propician sus mezquinos objetivos, los organismos estatales encargados de velar por la protección de los recursos naturales no actúan por “estar de manos atadas” y la población guarda silencio dejando la lucha en manos de unos pocos.

Los dirigentes políticos electos, que deben proteger y conservar los bienes de los municipios, realizan actividades contrarias a sus funciones al beneficiar antes a las empresas que a los habitantes. Entonces, resulta urgente el fortalecimiento de las instancias encargadas  de la protección de los recursos medio ambientales para que ejerzan autoridad frente a la avasalladora fuerza de la maquinaria de destrucción.

No es útil un Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales sólo para papeleos, otorgar permisos y visitas infructuosas a las zonas afectadas para quejarse junto a la población y no aportar soluciones reales. Nuestro país necesita leyes que no dejen en manos de pocos las decisiones tan relevantes como el uso de tierras con importancia ambiental.

Ante ese panorama arrasador, se necesitan comunidades unidas, listas para defender los recursos ambientales que por derechos nos pertenecen a todos y no a minorías que se lucran bajo amparos legales y cuyo único fin es desangrar las tierras para enriquecerse a costa del sufrimiento de las grandes mayorías.

Es tiempo de cambiar nuestra actitud frente a la madre tierra, antes que la misma nos pase la factura por nuestras acciones como cómplices de la destrucción y nos convirtamos en las próximas víctimas.

Es tiempo de retomar nuestros patrones culturales ancestrales donde se ama la tierra, el río, el árbol, la hierba… es decir, una cultura que ama la vida.

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