Desaparición forzada: pocas respuestas a muchas preguntas

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Por: Nicolle Martínez

En nuestro país es la tradición velar a los fallecidos, repartir café con pan o tamales; algunos «chivean» y beben. En el velorio no sólo hay llanto, también hay risas por las anécdotas relacionadas con quien nos deja. Además, es la tradición un cortejo fúnebre desde la casa al cementerio donde la familia y amigos ven como un ser querido llega a su ultima morada física. Hay una tumba, flores y una cruz que indican donde está nuestro ser amado. Todo este protocolo es una especie de drenaje emocional para los dolientes, Pero qué sucede cuando se nos niega forzosamente a no cerrar el ciclo o cuándo se vive con la duda de si «está con vida o muerto».

Las desapariciones forzadas son un fenómeno atroz que violenta los derechos de los individuos al ser sustraídos para trata de personas, venta de órganos o asesinatos, paralelamente es un atentado contra la normalidad cultural, social y emocional de las familias salvadoreñas.

La verdad es que las desapariciones forzadas son un tema no muy popular en los distintos discursos políticos en nuestro querido El Salvador, quizás porque traería a la luz un problema social grave, reflejaría instituciones débiles que carecen de herramientas para guiar a una adaptación a las familias con secuelas (gasto en el presupuesto) y conllevaría una deuda histórica para las poblaciones (desde antes de 1981).

Históricamente hemos sido víctimas de las desapariciones desde la llegada de los españoles a nuestra tierra, donde muchos de nuestros originarios fueron sometidos a miles de abusos, similares a los que en la actualidad se les hace conmemoración este 30 de agosto. Seres humanos siendo sometidos a una serie de violaciones como esclavitud, trata de personas, mercado de órganos, temor a perder la vida, torturas, entre otras.

Las familias y amistades de una persona que ha desaparecido sufren una incertidumbre al no saber sobre éste; inician un proceso de luto sin cuerpo, lo que significa seguir teniendo dudas sobre el verdadero paradero de su ser querido, incluso pueden vivir un duelo no cerrado, ya que se abren las posibilidades de “y si vive, y si vuelve, y si no era él»; desarrollando un problema de adaptación que afecta todas las áreas en las que se desenvuelven ya sea social, económico, salud, físico o cognitivos.

El ser humano para tener paz necesita el proceso de duelo, necesita ver el cuerpo de su ser querido, saber dónde se encuentra y tener la certeza de la historia que hay detrás de su muerte. Pero ¿qué sucede cuando no hay cuerpo? y no hay respuesta de lo que sucedió, ¿Quién da la paz? ¿se logra adaptar la familia? ¿quiénes pueden ayudar a guiar estos procesos de silencio y dolor? ¿contamos con políticas de atención para víctimas de personas desaparecidas? Tantas preguntas y tan pocas respuestas para el bienestar social de nuestros ciudadanos.

En ese sentido, es el Estado quien tiene que comprometerse con el pueblo, y dar respuestas a todas las preguntas que los familiares tengan; es el Estado quien debe generar políticas de atención a las familias que han sido victimas de este fenómeno, y es el gobierno que debe dar herramientas a sus instituciones de acompañamiento psicosocial para lograr un desarrollo integral.

Es importante recalcar que las familias también son violentadas por instituciones que carecen de herramientas que velen por sus garantías y que trabajen de forma articulada y no segmentada; son violentadas al no tener quien les dé las respuestas y les muestre el camino a seguir en su incansable lucha por obtener respuestas a tantas preguntas.

Este 30 de agosto recordemos que las desapariciones no son un problema social exclusivo de un sector en particular; es un fenómeno que afecta a niños, personas con discapacidades, personas que incomodan desde que alzan la voz en contra de un político, aquellos que visibilizan injusticias sociales, los que van a la tienda, los que son bajados de un bus e iban a su trabajo, jóvenes que se dirigían al instituto, bebés que han sido declarados como muertos y ahora están en otra nación.

Tengamos siempre presente que las desapariciones no son un problema latente, son una deuda histórica. Necesitamos respuestas de qué les ocurrió a los desaparecidos.

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