No todo es éxito y felicidad en periodismo

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Por: Nelson Rentería Meza

A veces llegas a casa sumido en la tristeza luego de haber conversado con una madre que busca día y noche a su hijo desaparecido, o de una mujer que ha sido violada reiteradas veces y sabe que su victimario sigue libre, o de peregrinar por la ciudad reconociendo a media docena de personas asesinadas, mientras sus familiares lloran detrás de la cinta amarilla, o de esperar los ataúdes de un padre y su hija ahogados en un río por intentar llegar a Estados Unidos, o los hijos que relatan que la pareja de su mamá le clavó un cuchillo en la cabeza por celos, o un papá que clama justicia por su hija acribillada por la patrulla fronteriza, o de un padre que muestra los pedazos de juguetes de su hija de la que lo han separado, o de un joven al que soldados dejaron inválido con disparos porque lo acusaron de ‘pandillero’, o familias que debieron abandonar sus casas y pertenencias porque los ‘bichos’ les dijeron que se fueran o se morían, o de observar cómo los forenses desentrañan huesos y cráneos desde la tierra, o de amigos que lloran el brutal asesinato de sus compañeras trans por intolerancia, o conversar con jovencitos en prisiones que pasarán largas condenas por sus acciones.


A veces tus escritos son una porquería, o dejaste escapar una oportunidad, un instante que ya no vuelve, o tu reporteo es deficiente, o tus preguntas son flojas y mal planteadas, o eres incapaz abrir una puerta, una ventana, una hendidura para encontrar información, o tus enfoques son un disparate, o la competencia te gana la historia y te ganás una puteada, o se te fue la nota, o hiciste una mala valoración de los sucesos, o te detestás por encontrar imprecisiones o errores en tu trabajo, o eres más lento de lo que lo amerita la situación, o te gana la inexperiencia sin importar cuánto crees saber o conocer, o te faltó profundidad.


A veces te preguntás por qué tenés un plato de comida en tu mesa cuando recién observaste las lágrimas de un agricultor que ha perdido todo con la sequía o la abundante lluvia, o de una trabajadora que ha sido despedida y no sabe cómo dará de comer a sus hijos, o los colegas se quedan sin empleo, o de trabajadores públicos y privados a quiénes les violan sus derechos, o de jóvenes que se metieron al Ejército porque ya no tenían que comer, o a quienes no les importa enfrentar los riesgos de migrar ‘al norte’ porque en su país ya no tienen nada más que hacer.


A veces, a pesar de presentar pruebas y datos, te acusan de mentiroso, o te atacan, o te acusan de querer afectar y lesionar el honor de los corruptos de todos los ámbitos y niveles, o de inventar hechos que sí existen, o te señalan de exagerado, o de vendido, o bla, bla, bla… Uno se acostumbra y aprende a sonreír, a provocar y a dormir tranquilo cuando tu trabajo es honesto y profesional.


No todo es éxito y felicidad en este oficio, pero día a día se renueva la convicción para hacerlo bien, de ponerle empeño para que contribuya al pluralismo, al sano debate de las ideas, a los entendimientos entre los adversarios, a la transparencia, a los consensos, a la justicia y equidad, al respeto, a la tolerancia, en fin, de construir un mejor país.

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